jueves 31 2020

FANTASMAS

 

Se acerca la sombra

hoy viene atormentada,

ultraja aún más la noche

emana oscura y quebrada.


Enseña toda su rabia por los

pliegues de la fina almohada,

ni saluda ni se presenta:

es una presencia esperada,

y la luz se estremece en mi

oscura estancia.


Que extraños esos ojos

que ven desde las entrañas,

donde el espectro se adueña

de la habitación en calma.

En la ventana se adivina

una luna que reclama:

piel trémula sobre la cama.


Que círculos rojos enseña

esta luna voraz y descarada,

que el corazón se zarandea

en tormenta de olas blancas.


Vendrá la aurora y su belleza

dejando la vida en la mañana,

se marcharan ya los duendes

a dormitar en las horas malvas.


Disipando la densa neblina

que dejó la noche espantada,

donde se esconden los miedos

temblando en la suaves mantas.


Hasta que el silencio de un latido

apague éstas páginas blancas,

donde derramo en cada trazo

un inmenso pedazo de mi alma.


Charo. Diciembre 2020




HOPPER, Edward.  "HABITACION DE HOTEL"

                                            


miércoles 30 2020

Transformación

Un día más, las nubes están cargadas,

espesas de mustia amargura. Rebosantes 

y deseosas de verter por sus grietas 

la abundancia,

son un paradigma; 

entretiene la visión tediosa del desespero,

y huelo una fragancia turbia que pesa en el aire.


De pronto, adivino, 

tenue como una mariposa, 

un simple rayo de sol,

y recuerdo a Pigmalión 

ante la emoción de la vida marmórea,

en espera de que se avive,

perfecta, la armonía de la belleza.


Ahora soy otra fantasía

transformada en hada,

y he cambiado el final del cuento 

para no tragar tanta hiel:

puedo devorar un decorado 

cargado de pesares anclados

y enredarme en las suaves curvas 

de una espiral de ternura

llenando de gratitud la vida 

plena de vacuidad.


Pero todo son ilusiones 

pues ni en un pedestal subida 

el sueño me engulle,

de tanta realidad arraigada

en mi mente convulsa.

Miro de nuevo el cielo,

ya sin transparencias,

el rayo de sol se ha escondido, 

o quizá nunca estuvo ahí.

La lluvia empieza a caer, serena y leve,

cada gota me pega 

con firmeza a mi memoria.

 

Piedad, diciembre 2020


Pintura -Transformación constante- Luciana Espinar

 

jueves 17 2020

Late el miedo

No puedo abrazar el amor con ligereza,

tanto he tapado el dolor de lo sentido

durante el tiempo caramelizado.

No puedo dolerme ante el abrigo

de un cálido refugio,

tanto he banalizado el sentir de la espera atormentada.

Rota la barrera del precipicio,

queda un poso amargo

que retorna cada día

sin saber dónde se fraguó

este olvido tan mío.

Ya no puedo poner nombre al desconcierto,

si no pena envenenada,

y mi cuerpo, ávido de dolerse,

se paraliza todo.

Es la esencia del temor vivido

que acribilla cada espacio

de la marchita sombra que soy.

Perdón no cabe, ni cabe ya la fusta

que flagela mi pesar

si se demora en amarrar

un sentimiento limpio de amargura.

Solo queda seguir en el camino

desnuda y temerosa

en este bucle de inanidad silente.



 

Piedad, diciembre 2020



lunes 07 2020

Días luminosos

 


                                                                                                 A mi madre.


El sol centellea atravesando su cuerpo

tendiendo sobre la sala un manto cálido,

irisado de girasoles:

la mujer de rostro grave

emerge entre las sombras 

y teje ensimismada.


El fulgor enciende en su cara

una tímida sonrisa,

sus pálidas mejillas ilumina

la estancia que arrebata su alma

alumbrando toda su silueta,

alegre con su sencilla vida.


Los juegos y cantos de los niños

se filtran por las entornadas ventanas,

en un zaleo que enreda el vacío,

sintonía infantil y bullicio.


Las calles vibran adornadas,

de verdes, blancos y amarillos,

se respira el aroma a jazmín 

que calienta fría oscuridad de sus penas.


Ella derrama su amor

por los lindes de su belleza:

y un mundo mágico sale a su encuentro,

exhibiendo un halo de perfección:

¡como un instante eterno!


Charo, diciembre 2020.





sábado 21 2020

DESPERTAR

 

Desde que disfruté del amor apasionado y cálido,

conocí,

    que el entusiasmo remolcaba largos hilos de desdicha.

Desde que descubrí la ira, el rencor y la indiferencia,

comprendí,

    que esa cruel tragedia era sólo mi propia sepultura.

Desde que soñé con fantasías llenas de placer y canto,

descubrí,

    olores a sangre oscura, silente y profunda del mundo.

Desde que disfruté con pasión la intensidad de una vida,

abracé,

    el desamparo del certero final esperando en cada esquina.

Desde que vibré con el renacer de cada nueva primavera,

vislumbré,

    los inviernos en el ocaso como final de un ciclo.

Desde que me invadió este inmenso océano de sufrimiento,

transité,

    con el agrio aliento del vértigo pegado a mi nuca.

Desde que rompieron las cuerdas y las puertas de los sueños,

respiré,

    el polvo malva de los glicilias sobrevolando la conciencia.

Desde el inexorable otoño de éstos últimos tiempos,

perdura,

    un dramático delirio de párpados hirviendo.

Desde qué se marchitó el amor y se exilió la memoria,

vivo,

    con el temblor en las manos evitando tocar la negra nieve.

Desde que caí al vacío rocé el rostro frio de la muerte.


Charo, noviembre 2020




jueves 19 2020

La muerte

 

Hoy el día ha llegado

con un ramo de flores blancas,

las he olido con recelo,

su hedor me ha pulsado las sienes.


Me asusta que lo siniestro

se cubra de aroma intenso,

me alerta que entre tinieblas

se reúnen los fantasmas.


A la muerte la conozco

envuelta en sábanas blancas

con un halo de extrañeza

que te encoge las entrañas.


Vienen, las flores, con envoltorio de plata

como las frías vainas que cubren las espadas.

sólo las he rozado y mis dedos se han encogido

en macabro escalofrío.


Una espiral de triste ausencia

se ha instalado en la mañana

disociando mis sentidos y

deambulando por la casa.


Si al menos el valor tuviera 

de enfrentarme a su calaña,

¡mirar sin tapujos su fría cara!

sabría de su certeza y de su eterna amenaza.


Piedad, noviembre 2020





lunes 09 2020

LIBERTAD

 

El océano oscuro se acerca sin cólera

vaivén de espuma que turba las olas

de la cansada orilla triste se aleja y

oculta rocas que esconde la arena.


La mirada ojea el murmullo del mar

en el corazon el afán de saltar a su abismo

para extirpar del alma el temido drama

niebla del mundo que se lleva la calma.


Llora el pecho por el deseo inalcanzado,

olvido y goce de las entrañas de un cuerpo

negadas las horas de los falsos recuerdos

mandato de sueños que nunca se fueron.


Sobre la rama más alta, alzaré la cabeza

y con ella los labios que han sido callados

daré los besos que engendraron amores

en la sombra de este tiempo varado.


Esta noche estoy desatada, ¡sin miedo!

devorará el océano la tristeza cerca del ansiado puerto


Con la madrugada llegará una feroz brisa

y el fuerte viento me impulsará a saltar

de un lado al otro del mundo, a esa luz,

        ¡entre el horizonte y el mar!


Charo Fiunte. Noviembre 2020




sábado 07 2020

Momento pandemia

Este momento de paranoica distancia,

invita a seguir la vida entrecortada,

despojada de su rutina desdeñada.

Trae un terror a mis simples pensamientos,

dando paso a un dolor, un lamento mortífero,

dejando el sabor amargo posado en mi garganta.

¡Qué instante de locura vivo! ¡Qué extraño y frío!

No sé qué pensar, ni pienso.

Este lapsus de quietud me mata, esperando…

presiento la incertidumbre

de un duelo que no llega a perfilar su forma.

La desidia se transforma en angustia inerte, 

mientras gira la rueda trágica del mundo.

El tiempo, ahora en espera,

cambia la vida a claroscuros,

y, con la rabia en destellos,

miro desolada el dolor,

la crueldad que tejemos

en esta perversa travesía.

Así, convertidos en indelebles siluetas,

seguimos por este tránsito maldito,

en la hora de cobrar la maldad vertida

en cada acto terco y cobarde,

con alevosía repetido.

 

Piedad, noviembre 2020



martes 27 2020

LA ERA

 


Sigue el miedo: llega el otoño,

¡sin tregua¡ con vigor y furia,

arrastran los meses funestos.


Huye la rutina sombría de los

días, entierra grandes sueños,

agoniza el deseo y silencia

la voz.


La tierra nos sigue retando

con rigor y tenacidad,

alejando anhelos y alegrías,

nos quitan las palabras y la cara

se cubre de sombras, somos

nada en la nada, donde persiste

un fondo sucio, denso y oscuro.


Hay que ser una roca para

habitar lejos del deseo y la

esperanza.

Retornan los fantasmas ocultos

de la adolescencia: la conciencia

de la inutilidad de las palabras,

sin las que estamos huérfanos todos.

Ahora moribundos.


La fuerzas paralizadas, sin vida,

ahora nadie dice lo innombrable

de las desigualdades y el odio.


El mal nos enmudece y amortaja,

ahoga el ánimo y las decisiones.

Señales de alarma nos acribillan

cada día las entrañas.


Huye la mente y se lleva el

cuerpo a lo alto de la montaña,

a esperar que regrese la armonía,

alguna de éstas mañanas.


Refugiados en el pasado, en los

retazos de la imaginada memoria,

recordamos fantásticas noches,

de ensueño y luz escarlata.


El gozo de lo vivido nos arropa

de las penas que nos quiebran,

ligados al abismo de la sumisión.


Una grieta sigue abierta en el centro

del mundo, creando en nuestra alma

un vacío de ternura, y vertiendo en

su lugar ¡odio e indiferencia!


Charo Fiunte. Octubre 2020  .









martes 13 2020

DIVIDIDA


Llegó el desencanto bajo la penumbra 

de una calmada tarde,

antes de rabiar la tormenta:

nubes moradas vistieron el cielo,

como bruma de salvia

¡ese olor de petunias, traído por el viento!


Del viejo edificio llegaba una dulce

melodía de mandolina,

melancólica y suave,

evocando viejas sonidos olvidados

mientras el amor se mecía en

aromas de brisa esmeralda.


Las huérfanas calles lloraban 

sin luz en la negra noche,

los ventanales eran halos de penas

que guiaban finas lágrimas.

La duda del amor reflejada

en los cristales de la desdicha.


Ese amor que desterré

una tarde con luz agónica,

rompiendo el nudo anillado

de la inocencia, enmascarando

el miedo con palabras.


Fue el saber de esa tempestad,

quien arrastró la vieja hojarasca,

desvaneciendo noches y besos, 

colmados de amor y dolor

borrando los sueños y tornando

las pasiones en tristes cicatrices.


Hay que ser piedra para vivir en el miedo,

me fracturó el corazón,

¿Cómo aceptar la certeza del vacío

entre el deseo y el dolor?,

enigma que engulle las entrañas 

y hiela la sangre.




Charo Fiunte. Octubre 2020






Desde la infancia

Días angostos en una habitación

de mullidas compañías.

Largos y gélidos inviernos y

veranos agónicos de sopor y fuego.

Sin armonía, mi mente se dispersa

entre la algarabía de lejanas voces infantiles.

Un sonido difuso y penetrante.

La realidad tramposa siempre se impone,

insistente, orquesta una trama siniestra

que despierta el pánico.

Sin saber, las lágrimas caen por mis mejillas

y el deseo se esconde entre bambalinas

ante su desplome inminente.

Destellos imperceptibles alivian la sed

del amor nunca nombrado.

Cuando las noches son más largas que los días,

y los días son eternos,

la angustia se acomoda en su escondite

y el odio ocupa el espacio de la vida.

Me refugio como caracol inmóvil

en las ramas de los árboles amables.

Distante y sola.

 


Piedad, octubre 2020



domingo 04 2020

La Pobreza


La mirada fija, al frente, en la nada; las manos sucias de la herrumbre. Sin fuego donde calentarse, ni patria donde refugiarse, habitan en los callejones de las ciudades, en los suburbios, envueltos en polvo y desechos. Algunos malviven debajo de los puentes en las orillas del arroyo, abandonados en campamentos huyendo de sus países en guerra.

El frío se adhiere al cuerpo de los niños, la humedad y la desidia se instalan en su corazón protegido bajo la ajada piel y la ropa sucia, acunando sus penas.  Sus ojos cansados y el cuerpo exhausto. Heridos de olvido tras los muros urbanos, ignorando su infancia y su vida en su débil existencia. En el abismo de un constante guiño a la muerte.

Ignorando el dolor presente en cada respiración, en cada acto, y soportando la pesadumbre en sus tripas, provocada por el vacío del hambre. Esos niños arrancados del mundo de la inocencia sin piedad e ignorados por nuestra conciencia.

No podemos ver esa imagen porque nos señala la angustia, creemos que su bienestar es responsabilidad de los estados, o de las organizaciones internacionales, pero tanto uno como los otros, no pueden darles la dignidad que merecen. Arrojados a los márgenes de este mundo, donde les hemos abandonado sin ninguna compasión y sin ningún asomo de culpa. Sabiendo que somos todos, lo hemos sido, o lo podríamos ser en algún momento de nuestras vidas.

Su única familia y protección es la miseria en la que se aíslan y se apoyan. Se adaptan a un mundo desgarrador e inhumano sin una queja. Su destino es estar en el límite del mundo, sin un relato de pasado ni de futuro. Están en la más sombría indigencia de la noche, el frío y el dolor atrapados en sus entrañas, víctimas de las guerras y las desigualdades.

Señalados sólo como noticias en los informativos, que recibimos con desapego, sin implicación emocional. Hemos perdido la sensibilidad y la cordura. Este es el mundo que hemos creado, con sus actos egoístas y ambiciosos, con el odio al diferente y desprecio al perdedor.  Mujeres, niños y hombres, que han nacido en el supuesto lado malo y que por distintas causas han sido expulsados, con fiereza, del mundo.

La imagen del viento arrollador, de la soledad, las sombras y brumas en la intemperie, y los niños soñando con un hogar. Como no espantarse frente al horror: ese que hemos echado fuera de nuestro imaginario más cercano.

Durante este año de pandemia se ha hecho más visible, porque nos hemos distanciado de lo social para protegernos individualmente en nuestra burbuja egoísta del “sálvese quien pueda”, intentando que el ajeno o el semejante, no se nos acerque demasiado.

Pero el dolor de los otros, el que se repite una y otra vez, provoca indiferencia; y la indefensión es cada vez más palpable. Nosotros tenemos zapatos, casa y abrigo, pero ninguna voluntad de entendimiento. Con sus rostros desdibujados, nos lanzan un aullido desesperado, que nos reclama amparo con voz ahogada, cada vez más débil. Este año es sólo un grito que se oye en la lejanía, un gemido solitario, casi en sordina.

Charo Fiunte. Octubre 2020








miércoles 30 2020

Amanece

La madrugada de luz rojiza entra a la ciudad vestida de otoño y

filtra reflejos ocres en los tejados ajados de tiempo.

Los cimientos de mugrientas paredes reciben los tornasolados de la luz que se expande,

un viento limpio y suave sopla las hojas caídas de la pasada noche fría

y un suspiro recorre el rostro pegando en mi piel la bella aurora.

Entre viejos árboles de secas ramas quebradas por las lluvias,

la ciudad se despabila entre el humo y un sonar a asfalto quebrado.

Mis pasos, aun adormecidos, se quiebran y llaman a la mirada sorprendida,

ante un cielo en llamas que reclama enérgico el resplandor efímero de la mañana,

las nubes, atrapadas por un aro luminoso, intentan frenar al sol en su avanzada.

Inevitable arrobarse con la batalla.

Frena la vida cotidiana y los trajinados cuerpos enmudecen el habla endiablada,

súbito momento sin aire y sin pensamiento.

Mientras las calles se ensanchan para dejar pasar al alba,

el sol empuja el día tiñendo la vida de colores rojos, anaranjados, malvas.

Las palabras se esconden en mi garganta asfixiando la mente y atrapando el alma,

de entre los cristales manchados de hollín, veo cómo se escapa la mañana,

caminante de alquitrán, lágrimas de ceniza, corazón de grava.

 Piedad, agosto 2020



sábado 26 2020

MIS DEMONIOS


Veo nubes que avanzan pausadamente 

hacia mí,

creo que vendrá la tormenta,


Mi refugio es un verdadero edén, 

rodeado de montañas verdes, 

de altas cumbres protectoras,

que mecen mi desesperada alma.


Me aterra este vacio ensombrecido

por una luna de luto, negra, 

que rodea mi cuerpo inmóvil 

con su aureola grisácea 

- entonces sucede lo fatal -

el graznido de un cuervo negro

sobre mi cabeza, arrastra mi pelo, 

el vertigo en el aire, el desamparo de ahí abajo.

Ese maldito mundo, su hipocresía, las

presunciones inútiles; 

entonces las pesadillas, 

los demonios interiores

se vuelven realidad.

De pronto, una picaza se posa en mi barrote

y grita buscando compañía,

pero se marcha aturdida al no oir nada.

Al fin, aparece el silencio mortecino,

pero se va el odio.

Se alejan los nombres, mi mente descansa 

de la letania de las palabras,

las buenas y las malas,

cesan. 


Solo deseo y necesito volar hacia ese

universo mudo, en este momento único, 

¡este instante de paz!

Miro el ventanal y contemplo la belleza que me

envuelve. 

¡La luz es tan azulada al alba!

tornándose en violeta 

mientras corretean las horas.

El cielo va cambiando dulcemente de color, 

a un blanco brumoso, como de espuma tiznada,

de nuevo la picaza se une a mis dudas

se queda quieta, tampoco se decide, estoy bajo su cobijo.


Aislada del dolor infernal del ajado cuerpo, 

en melancólica reclusión.

Olvido todo, quizás, lo fantaseo,

me entrego al viento que juguetea con los

cabellos, cristalinas aguas colman mi sed, en parvos sorbos

aliviando mi corazón, pero no aclaran

mis ¡ojos espantados de la vida!


Durante un rato, las pesadillas 

de mis demonios interiores

se alejan y dan paso a la ternura,

¡esos olores! impregnan la casa.


Comprendo que soy una pájaro 

necesito compañía pero no la deseo.

Difícil olvidar este instante de serenidad, 

este refugio, dentro del mundo.


Mis palpitaciones fuertes e intensas,

se hacen cada vez más lentas, tenues, 

menos densas, y va llegando la calma.

 

Charo Fiunte. Septiembre 2020







miércoles 23 2020

Maldita religión

Un pequeño rincón a la luz abierto

rodeado de libros de áspero tacto,

santos y mártires en sus finas páginas,

lágrimas devotas orillan mis ojos.

Lúgubre séquito revolotea mi espacio,

aborda el tiempo con rezos y cantos.

Niños de miseria nos prestan sus camas,

la luna dorada entra por las ventanas

iluminando la estampa de sangre grana.

Muchedumbre con parsimonia espera,

la letanía de malos augurios,

y el miedo se apodera de la fría estancia.

 

Mitos y ritos, el delirio en procesión,

ruegan al cielo con ciega pasión,

claman iconos con salvas y palmas,

euforia que emana de la ignorancia.

Sotanas en movimiento envuelven la casa,

se llevan la infancia, la música y la palabra,

nos dejan la pena, el miedo y la distancia.

Siniestros, cada día, aparecen los fantasmas,

con mano firme empuñan sus dagas,

matan la esencia de los dulces sueños,

y entregas tú ser en eterno sacrificio  

a las temibles fauces de sus dominios.

 

 

Y cuando emergen las flores de abril,

amenazas sus profundos cimientos

de fuertes barreras forjadas en hierro.

Se abren huecos para la esperanza,

soltando jirones del terror maldito.

Pero el recuerdo del pecado oculto

en tu frente, marcada con la cruz ceniza,

renace de lo más profundo de la floresta.

Asoman de nuevo con sus garras blancas,

posando la condena de un cruel destino

de férreas cadenas con firmeza anudadas.

 

 

Piedad, agosto 2019



martes 22 2020

Sólo la melancolía

 

Siempre en dirección contraria,

llevando el peso de la vida,

asaltando emociones por los senderos,

perdida en angulosas esquinas

sin esperar compañía que la arrope.

Y en algún lugar,

deshabitado en el olvido

poder soltar la pesada zozobra,

y esconder entre la maleza

el desasosiego.

No oculta su ánimo, desespera.

En sus pecados se arroba,

en el dolor halla certidumbre,

en la soledad el valor.

El consuelo

no lo quiere encontrar.

El deseo

no lo puede anidar.

Siempre en aguas bravas,

sin calma, sin pausa.

Sólo la melancolía

te parte el alma.

 

Piedad, agosto 2019



lunes 21 2020

Insomnio

Aciaga cada noche que busca el día, 

rondando cada pliegue de las sábanas. 

Cada olor, cada ruido sobresalta el alma 

y la mente temerosa ansia el alba. 

Estático tiempo de infernal maraña 

devora el cuerpo en sopor cansado, 

cuando se despiertan los fantasmas 

acechan con  irónica burla, risotadas, 

palabras burdas y obscenas   

que susurran en mi espalda, 

y entre mechones de pelo enredan, 

palpando con manos pétreas     

cada palmo de la cama. 

Que sucia se ve la noche, 

no hay horas, minutos, nada. 

Maldita espera encrespada, 

el dolor de los ojos que abrasa, 

el ruido sordo que espanta. 

El silencio en quietud espera 

la apacible luz de la mañana, 

que se lleve el terror que emana 

de mi mente torturada. 

 

Piedad, enero 2018 

 


 

SIN AMOR

 


Era una de esas personas en las que apenas te fijabas. Su apariencia era amable y distante a partes iguales, no se percibía ninguna anomalía en ella que indicara nada de lo que en su fondo pudiera esconder, es más, era una mujer bastante sencilla y corriente en sus maneras de comportarse con los demás. Aceptada por la mayoría por su gran bondad que destacaba abiertamente.


Su aspecto sonriente, humilde y aseado, le conferían una presencia más que aceptable para el mundo en el que le tocó vivir de miseria y pobreza social.

Su pesadumbre era perfectamente incorporada y escondida para no mostrarse en su debilidad. Así fue instruida en su severa niñez y posterior infancia. - Por otra parte, tan parecida a la de tantas mujeres solas y aisladas de todo afecto-. El mundo era muy hostil y no había lugar para la rebeldía. Fué bien educada en la absoluta obediencia a Dios y a la ley, en esa sociedad imbuida de miseria en todos los ámbitos. Esto fue más evidente en las mujeres ya que cargaban con la responsabilidad de lo íntimo y familiar, y con el fantasma del miedo para hablar de lo traumático. Los hijos de estas mujeres vivían una ambivalencia que se traducía en la falta de afecto en lo personal, y se materializaba en alejarse de los sentimientos de dolor o de alegría. Huía de las adversidades porque ya no le quedaban fuerzas para enfrentar tantos pesares y tenía atravesada la angustia en su cansado corazón.


El único signo de su penar eran algunas lágrimas que derramaba siempre a escondidas para no mostrar su flaqueza, no podía exponerse y lo reprimió desde el momento en que cerró completamente su mente para poder seguir viviendo.


Como a golpe seco de martillo creció en la aridez de un pueblo de Castilla. Lugar de manto amarillo y llanura tosca. Se dice que el paisaje configura a las personas, así lo hizo en ella y en tantas otras mujeres calladas y silenciosas, en esa época de miseria y hambruna de la postguerra española. Lo traumático no fue revelado y la falta de duelo conlleva una tristeza y un desconsuelo que se transmite de una generación a la siguiente.  


Su soledad era tan que evidente y se percibía en sus ojos siempre esquivos, mirando la lejanía. No podía verte en tu totalidad, porque sería reconocer que eras parte de esa terrible y desamparada vida. Por lo que la melancolía se hizo presencia en su cuerpo, ocupando el lugar de las palabras y a veces, de los síntomas. Ese miedo, lo transfirió a sus hijos, quienes como resultado llevaron esas mismas huellas durante muchos años de su vida: la imposibilidad de expresar el sufrimiento o la rabia ante la autoridad, lo que paralizó en muchas ocasiones su existencia en lo más cotidiano.  Ella no podía ser parte de nada de lo vivido, estando así al margen de su propia vida.


En definitiva, no recibir el amor que supuestamente debe ser incondicional de los padres a los hijos, construye personas de coraza dura y sufrientes para toda la vida. Y la imaginación de los niños sin amor, se presta a fantasear que la madre es mala, que es una persona que quiere hacerte daño y termina por ser incorporado.

 

Una madre que no muestra amor es una madre en falta, que dejará hijos en la más absoluta soledad para hacer vínculos afectivos con nadie. Es una mujer desvitalizada y transmite ese desamparo por su incapacidad de demandar, y por tanto de ofrecer amor a los demás. 


Charo Fiunte.

Septiembre 2020





"Castilla miserable, ayer dominadora 
envuelta en harapos desprecia cuanto ignora.
El sol va declinando. De la ciudad lejana
me llega un armonioso tañido de campana"

A orillas del Duero
                                                                                       A. Machado