Un día más, las nubes están cargadas,
espesas de mustia amargura. Rebosantes
y deseosas de verter por sus grietas
la abundancia,
son un paradigma;
entretiene la visión tediosa
del desespero,
y huelo una fragancia turbia que pesa en el aire.
De pronto, adivino,
tenue como una mariposa,
un
simple rayo de sol,
y recuerdo a Pigmalión
ante la emoción de la vida
marmórea,
en espera de que se avive,
perfecta, la armonía de
la belleza.
Ahora soy otra fantasía
transformada en
hada,
y he cambiado el final del cuento
para no tragar tanta hiel:
puedo devorar un decorado
cargado de pesares anclados
y enredarme en las suaves curvas
de una espiral de
ternura
llenando de gratitud la vida
plena de vacuidad.
Pero todo son ilusiones
pues ni en un pedestal subida
el sueño me engulle,
de tanta realidad arraigada
en mi mente convulsa.
Miro de nuevo el cielo,
ya sin transparencias,
el rayo de sol se ha escondido,
o quizá nunca estuvo ahí.
La lluvia empieza a caer, serena y leve,
cada gota me pega
con firmeza a mi memoria.
Piedad, diciembre 2020
Pintura -Transformación constante- Luciana Espinar

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