Sigue el miedo: llega el otoño,
¡sin tregua¡ con vigor y furia,
arrastran los meses funestos.
Huye la rutina sombría de los
días, entierra grandes sueños,
agoniza el deseo y silencia
la voz.
La tierra nos sigue retando
con rigor y tenacidad,
alejando anhelos y alegrías,
nos quitan las palabras y la cara
se cubre de sombras, somos
nada en la nada, donde persiste
un fondo sucio, denso y oscuro.
Hay que ser una roca para
habitar lejos del deseo y la
esperanza.
Retornan los fantasmas ocultos
de la adolescencia: la conciencia
de la inutilidad de las palabras,
sin las que estamos huérfanos todos.
Ahora moribundos.
La fuerzas paralizadas, sin vida,
ahora nadie dice lo innombrable
de las desigualdades y el odio.
El mal nos enmudece y amortaja,
ahoga el ánimo y las decisiones.
Señales de alarma nos acribillan
cada día las entrañas.
Huye la mente y se lleva el
cuerpo a lo alto de la montaña,
a esperar que regrese la armonía,
alguna de éstas mañanas.
Refugiados en el pasado, en los
retazos de la imaginada memoria,
recordamos fantásticas noches,
de ensueño y luz escarlata.
El gozo de lo vivido nos arropa
de las penas que nos quiebran,
ligados al abismo de la sumisión.
Una grieta sigue abierta en el centro
del mundo, creando en nuestra alma
un vacío de ternura, y vertiendo en
su lugar ¡odio e indiferencia!
Charo Fiunte. Octubre 2020 .
bello!!
ResponderEliminarbello!!
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