Llegó el desencanto bajo la penumbra
de una calmada tarde,
antes de rabiar la tormenta:
nubes moradas vistieron el cielo,
como bruma de salvia
¡ese olor de petunias, traído por el viento!
Del viejo edificio llegaba una dulce
melodía de mandolina,
melancólica y suave,
evocando viejas sonidos olvidados
mientras el amor se mecía en
aromas de brisa esmeralda.
Las huérfanas calles lloraban
sin luz en la negra noche,
los ventanales eran halos de penas
que guiaban finas lágrimas.
La duda del amor reflejada
en los cristales de la desdicha.
Ese amor que desterré
una tarde con luz agónica,
rompiendo el nudo anillado
de la inocencia, enmascarando
el miedo con palabras.
Fue el saber de esa tempestad,
quien arrastró la vieja hojarasca,
desvaneciendo noches y besos,
colmados de amor y dolor
borrando los sueños y tornando
las pasiones en tristes cicatrices.
Hay que ser piedra para vivir en el miedo,
me fracturó el corazón,
¿Cómo aceptar la certeza del vacío
entre el deseo y el dolor?,
enigma que engulle las entrañas
y hiela la sangre.
Charo Fiunte. Octubre 2020
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