domingo 04 2020

La Pobreza


La mirada fija, al frente, en la nada; las manos sucias de la herrumbre. Sin fuego donde calentarse, ni patria donde refugiarse, habitan en los callejones de las ciudades, en los suburbios, envueltos en polvo y desechos. Algunos malviven debajo de los puentes en las orillas del arroyo, abandonados en campamentos huyendo de sus países en guerra.

El frío se adhiere al cuerpo de los niños, la humedad y la desidia se instalan en su corazón protegido bajo la ajada piel y la ropa sucia, acunando sus penas.  Sus ojos cansados y el cuerpo exhausto. Heridos de olvido tras los muros urbanos, ignorando su infancia y su vida en su débil existencia. En el abismo de un constante guiño a la muerte.

Ignorando el dolor presente en cada respiración, en cada acto, y soportando la pesadumbre en sus tripas, provocada por el vacío del hambre. Esos niños arrancados del mundo de la inocencia sin piedad e ignorados por nuestra conciencia.

No podemos ver esa imagen porque nos señala la angustia, creemos que su bienestar es responsabilidad de los estados, o de las organizaciones internacionales, pero tanto uno como los otros, no pueden darles la dignidad que merecen. Arrojados a los márgenes de este mundo, donde les hemos abandonado sin ninguna compasión y sin ningún asomo de culpa. Sabiendo que somos todos, lo hemos sido, o lo podríamos ser en algún momento de nuestras vidas.

Su única familia y protección es la miseria en la que se aíslan y se apoyan. Se adaptan a un mundo desgarrador e inhumano sin una queja. Su destino es estar en el límite del mundo, sin un relato de pasado ni de futuro. Están en la más sombría indigencia de la noche, el frío y el dolor atrapados en sus entrañas, víctimas de las guerras y las desigualdades.

Señalados sólo como noticias en los informativos, que recibimos con desapego, sin implicación emocional. Hemos perdido la sensibilidad y la cordura. Este es el mundo que hemos creado, con sus actos egoístas y ambiciosos, con el odio al diferente y desprecio al perdedor.  Mujeres, niños y hombres, que han nacido en el supuesto lado malo y que por distintas causas han sido expulsados, con fiereza, del mundo.

La imagen del viento arrollador, de la soledad, las sombras y brumas en la intemperie, y los niños soñando con un hogar. Como no espantarse frente al horror: ese que hemos echado fuera de nuestro imaginario más cercano.

Durante este año de pandemia se ha hecho más visible, porque nos hemos distanciado de lo social para protegernos individualmente en nuestra burbuja egoísta del “sálvese quien pueda”, intentando que el ajeno o el semejante, no se nos acerque demasiado.

Pero el dolor de los otros, el que se repite una y otra vez, provoca indiferencia; y la indefensión es cada vez más palpable. Nosotros tenemos zapatos, casa y abrigo, pero ninguna voluntad de entendimiento. Con sus rostros desdibujados, nos lanzan un aullido desesperado, que nos reclama amparo con voz ahogada, cada vez más débil. Este año es sólo un grito que se oye en la lejanía, un gemido solitario, casi en sordina.

Charo Fiunte. Octubre 2020








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