La mirada fija, al frente, en la nada; las manos sucias de la herrumbre. Sin
fuego donde calentarse, ni patria donde refugiarse, habitan en los callejones
de las ciudades, en los suburbios, envueltos en polvo y desechos. Algunos
malviven debajo de los puentes en las orillas del arroyo, abandonados en
campamentos huyendo de sus países en guerra.
El frío se adhiere al cuerpo de los niños,
la humedad y la desidia se instalan en su corazón protegido bajo la ajada piel
y la ropa sucia, acunando sus penas. Sus ojos cansados y el cuerpo
exhausto. Heridos de olvido tras los muros urbanos, ignorando su infancia y su vida
en su débil existencia. En el abismo de un constante guiño a la muerte.
Ignorando el dolor presente en cada
respiración, en cada acto, y soportando la pesadumbre en sus tripas, provocada
por el vacío del hambre. Esos niños arrancados del mundo de la inocencia sin
piedad e ignorados por nuestra conciencia.
No podemos ver esa imagen porque nos
señala la angustia, creemos que su bienestar es responsabilidad de los estados,
o de las organizaciones internacionales, pero tanto uno como los otros, no
pueden darles la dignidad que merecen. Arrojados a los márgenes de este
mundo, donde les hemos abandonado sin ninguna compasión y sin ningún asomo
de culpa. Sabiendo que somos todos, lo hemos sido, o lo podríamos ser en algún
momento de nuestras vidas.
Su única familia y protección es la
miseria en la que se aíslan y se apoyan. Se adaptan a un mundo desgarrador e
inhumano sin una queja. Su destino es estar en el límite del mundo, sin un
relato de pasado ni de futuro. Están en la más sombría indigencia de la noche,
el frío y el dolor atrapados en sus entrañas, víctimas de las guerras y las
desigualdades.
Señalados sólo como noticias en los
informativos, que recibimos con desapego, sin implicación emocional. Hemos
perdido la sensibilidad y la cordura. Este es el mundo que hemos creado, con
sus actos egoístas y ambiciosos, con el odio al diferente y desprecio al
perdedor. Mujeres, niños y hombres, que han nacido en el supuesto lado
malo y que por distintas causas han sido expulsados, con fiereza, del mundo.
La imagen del viento arrollador, de la
soledad, las sombras y brumas en la intemperie, y los niños soñando con un
hogar. Como no espantarse frente al horror: ese que hemos echado fuera de
nuestro imaginario más cercano.
Durante este año de pandemia se ha hecho
más visible, porque nos hemos distanciado de lo social para protegernos
individualmente en nuestra burbuja egoísta del “sálvese quien pueda”, intentando
que el ajeno o el semejante, no se nos acerque demasiado.
Pero el dolor de los otros, el que se
repite una y otra vez, provoca indiferencia; y la indefensión es cada vez más
palpable. Nosotros tenemos zapatos, casa y abrigo, pero ninguna voluntad de entendimiento.
Con sus rostros desdibujados, nos lanzan un aullido desesperado, que nos reclama
amparo con voz ahogada, cada vez más débil. Este año es sólo un grito que se
oye en la lejanía, un gemido solitario, casi en sordina.
Charo Fiunte. Octubre 2020
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