Veo nubes que avanzan pausadamente
hacia mí,
creo que vendrá la tormenta,
Mi refugio es un verdadero edén,
rodeado de montañas verdes,
de altas cumbres protectoras,
que mecen mi desesperada alma.
Me aterra este vacio ensombrecido
por una luna de luto, negra,
que rodea mi cuerpo inmóvil
con su aureola grisácea
- entonces sucede lo fatal -
el graznido de un cuervo negro
sobre mi cabeza, arrastra mi pelo,
el vertigo en el aire, el desamparo de ahí abajo.
Ese maldito mundo, su hipocresía, las
presunciones inútiles;
entonces las pesadillas,
los demonios interiores
se vuelven realidad.
De pronto, una picaza se posa en mi barrote
y grita buscando compañía,
pero se marcha aturdida al no oir nada.
Al fin, aparece el silencio mortecino,
pero se va el odio.
Se alejan los nombres, mi mente descansa
de la letania de las palabras,
las buenas y las malas,
cesan.
Solo deseo y necesito volar hacia ese
universo mudo, en este momento único,
¡este instante de paz!
Miro el ventanal y contemplo la belleza que me
envuelve.
¡La luz es tan azulada al alba!
tornándose en violeta
mientras corretean las horas.
El cielo va cambiando dulcemente de color,
a un blanco brumoso, como de espuma tiznada,
de nuevo la picaza se une a mis dudas,
se queda quieta, tampoco se decide, estoy bajo su cobijo.
Aislada del dolor infernal del ajado cuerpo,
en melancólica reclusión.
Olvido todo, quizás, lo fantaseo,
me entrego al viento que juguetea con los
cabellos, cristalinas aguas colman mi sed, en parvos sorbos
aliviando mi corazón, pero no aclaran
mis ¡ojos espantados de la vida!
Durante un rato, las pesadillas
de mis demonios interiores
se alejan y dan paso a la ternura,
¡esos olores! impregnan la casa.
Comprendo que soy una pájaro
necesito compañía pero no la deseo.
Difícil olvidar este instante de serenidad,
este refugio, dentro del mundo.
Mis palpitaciones fuertes e intensas,
se hacen cada vez más lentas, tenues,
menos densas, y va llegando la calma.
Charo Fiunte. Septiembre 2020
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