Cuando cada mañana nos entregamos a un ritual maldito, en el que todo ya está establecido y no nos sentimos capaces de romper las reglas, llega un momento en el que obviamos que sentimos una necesidad profunda de que algo ocurra que permita cambiar tan macabra rutina.
Y no es sólo que deseemos que lo que más nos protege se desmorone, es más bien todo lo que nos rodea, eso que nos limita sin tregua. Pero entonces, vuelven los fantasmas a retomar la insidiosa tarea de recordarnos que la vida se ha hecho añicos sin que nosotros hayamos participado en ello. Cuando la conciencia golpea llamando a nuestra puerta no solemos abrir, siempre nos enseñan a no abrir la puerta a desconocidos. Nos muestran el miedo como único recurso para sobrevivir y nosotros lo creemos ciegamente y seguimos escondidos en nuestro pequeño mundo, asidos como garrapatas sin pensar que alguien o algo puede hacernos caer con un simple soplido. Porque no hay nada que sea perenne. Y un día el soplo puede ser más fuerte y nuestro mundo se derrumba. Adiós a la rutina, al mundo confortable. Una sorpresa macabra ha llegado repentinamente, cualquiera que sea, inesperada y potente.
Es entonces cuando nos damos cuenta de que la comedia ha dejado de tener gracia. Porque nada parece hacernos ver qué cosas son las que de verdad nos importan. Subir y bajar las escaleras una y otra vez, siempre en la misma dirección, arriba y abajo, puede que nos permita fortalecer músculo, pero también puede hacer que se forme un callo que termine por convertirse en un nudo imposible de desliar y entonces puede hacernos daño y que nos debilitemos y nos quedemos suspendidos en el miedo.
Cuando vemos y oímos las desgracias que ocurren por el mundo, lamentables todas ellas, tendemos a pensar que nada tienen que ver con nosotros. Nos hemos convertido en meros espectadores del otro, ese que tanto nos define y que quizá por eso queremos obviar. Puede parecer más fácil pensar que alguien sea culpable, nunca nosotros, solo otros que han pensado por nosotros. Hay sin duda una maquinación que nos hace daño y que se enreda en los grandes conceptos para disipar la culpa y la responsabilidad de nuestros errores. El estado, la familia, la religión, la información..., todas estas instituciones destinadas, supuestamente, a facilitarnos la vida, son precisamente las que logran controlar nuestras vidas. ¿Quién puede escapar de tan maldita organización? ¿Quién no está institucionalizado? ¿Quién es capaz de desprenderse de todo ello para caminar solo? De nuevo la comedia se transforma en tragedia. Porque en estos grandes conceptos está lo que nos provoca ese estado de soledad absoluta. Ese pertenecer a un grupo tan grande e indefinido, es lo que permite que en nuestro interior no haya nada. Un enorme hueco que impide que nos desarrollemos como pensamiento singular y único.
Las salidas vienen cuando en una mañana igual a todas, la misma mañana, nos quedamos en el vacío y empezamos a pensar. Algo ocurre en nuestro cuerpo o en nuestro entorno, o en nuestras mentes, algo fuerte e inesperado. Se rompe entonces el hilo conductor de nuestras cabezas henchidas de pensamientos vagos, y entonces toman forma de reflexión. Lo que se descubre es mucho más de lo que la mente puede abordar, un batiburrillo de ideas que sin orden ni concierto anidan entre una maraña de pensamientos arduos e ininteligibles. Comienza el drama.
Descubrir la tragedia sin convertirla en comedia, esa sería la función de la mente que despierta a un sinsentido. Porque esa es la verdadera tragedia, el sinsentido. Cómo enfrentar tal descubrimiento es una ardua labor para la que no se está preparado. Si pensamos en los motivos que nos llevan a soportar el daño que nos hacemos los unos a los otros, pues esto nos afecta a todos, nadie se queda fuera, tendríamos razones para estar todo el día llorando. Observar la crueldad con la que nos relacionamos, tanto si hay o no intención de hacerlo, es un verdadero desastre.
Ahora tenemos que vivir una nueva normalidad, la que acaba de empezar y que todavía no sabemos cuánto va a durar. La llaman nueva como si algo de verdad hubiese cambiado dentro, solo hay que incorporar una nueva rutina a las viejas. Lo que sí es un auténtico drama es lo que cuesta convencerse del valor del cambio interior, ya que, en ese proceso, dejamos demasiadas cosas. A nuestro pesar los afectos se enfrían, se hielan en algunos casos, se posponen en otros, a veces se redescubren. No es quedarse en casa o llevar mascarilla, es más que eso. Descubrimos que podemos vivir con poco, casi nada. Pero no renunciamos a nada porque la renuncia supone distanciarnos de todo.
Se puede ver en momentos tan raros, como este que vivimos, lo que nos gusta acumular. Y ahí va otra tragedia, porque acumular, tener, retener, guardar, consumir sin necesidad es buscar una agarradera, algo a lo que asirse. O lo que es lo mismo, no abandonar, no soltar las riendas, no tirar nada, no desechar, en fin, no renunciar, es querer quedarse en el desván protegido y seguro. Imaginar lo que deseo, creer que hemos logrado el deseo, lo que nunca es posible, por mucho que nos empeñemos en encasillarlo e intentemos darle forma, sólo es un intento de sentir que estamos vivos. La búsqueda del deseo es una forma de vivir, de permanecer despiertos, atentos, perspicaces.
Entre tanto, el mundo se desmorona a nuestro alrededor. Muerte, dolor, sufrimiento, miseria, hambre, desigualdad…, que lejos de removernos nos hacen reaccionar con odio, rechazo, asco y un sinfín de sentimientos negativos. La insensibilidad se ha instalado definitiva y cruelmente y la vemos todos los días pasar ante nuestros ojos como si de una película de terror se tratase. Esta es la verdadera tragedia del mundo que hemos creado, todos y cada uno de nosotros, sin excepción. Por permitir, por mirar hacia otro lado, por miedo, por vergüenza, por estupidez.

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