Un pequeño rincón a la luz abierto
rodeado de libros de áspero tacto,
santos y mártires en sus finas páginas,
lágrimas devotas orillan mis ojos.
Lúgubre séquito revolotea mi espacio,
aborda el tiempo con rezos y cantos.
Niños de miseria nos prestan sus camas,
la luna dorada entra por las ventanas
iluminando la estampa de sangre grana.
Muchedumbre con parsimonia espera,
la letanía de malos augurios,
y el miedo se apodera de la fría estancia.
Mitos y ritos, el delirio en procesión,
ruegan al cielo con ciega pasión,
claman iconos con salvas y palmas,
euforia que emana de la ignorancia.
Sotanas en movimiento envuelven la casa,
se llevan la infancia, la música y la palabra,
nos dejan la pena, el miedo y la distancia.
Siniestros, cada día, aparecen los fantasmas,
con mano firme empuñan sus dagas,
matan la esencia de los dulces sueños,
y entregas tú ser en eterno sacrificio
a las temibles fauces de sus dominios.
Y cuando emergen las flores de abril,
amenazas sus profundos cimientos
de fuertes barreras forjadas en hierro.
Se abren huecos para la esperanza,
soltando jirones del terror maldito.
Pero el recuerdo del pecado oculto
en tu frente, marcada con la cruz ceniza,
renace de lo más profundo de la floresta.
Asoman de nuevo con sus garras blancas,
posando la condena de un cruel destino
de férreas cadenas con firmeza anudadas.
Piedad, agosto 2019

Maravilloso poema, que bien expresado. Triste y tremendo el daño causado por la religión.
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