La madrugada de luz rojiza entra a la ciudad vestida de otoño
y
filtra reflejos ocres en los tejados ajados de tiempo.
Los cimientos de mugrientas paredes reciben los tornasolados
de la luz que se expande,
un viento limpio y suave sopla las hojas caídas de la pasada
noche fría
y un suspiro recorre el rostro pegando en mi piel la bella
aurora.
Entre viejos árboles de secas ramas quebradas por las
lluvias,
la ciudad se despabila entre el humo y un sonar a asfalto
quebrado.
Mis pasos, aun adormecidos, se quiebran y llaman a la mirada
sorprendida,
ante un cielo en llamas que reclama enérgico el resplandor
efímero de la mañana,
las nubes, atrapadas por un aro luminoso, intentan frenar al
sol en su avanzada.
Inevitable arrobarse con la batalla.
Frena la vida cotidiana y los trajinados cuerpos enmudecen
el habla endiablada,
súbito momento sin aire y sin pensamiento.
Mientras las calles se ensanchan para dejar pasar al alba,
el sol empuja el día tiñendo la vida de colores rojos, anaranjados,
malvas.
Las palabras se esconden en mi garganta asfixiando la mente
y atrapando el alma,
de entre los cristales manchados de hollín, veo cómo se
escapa la mañana,
caminante de alquitrán, lágrimas de ceniza, corazón de grava.








