Crece un centelleo en el fuego de la aurora,
que alumbra las alamedas
de un rocío bermejo,
levantando el vibrante latido de un pájaro
mientras rodea un irisado
estanque de silencio.
Todo se despierta en el temporal
del tiempo
erosionados espinos
son ásperos sentimientos,
la lluvia exhuma el barro
de raíces de siglos,
que fueron escarcha, y, son hoy,
delicados zarcillos.
Un amanecer de nácar
nos interroga vigilante,
azotando el enigmático
brillo de los deseos
sobre los juncos en llamas
de lo insondable,
Se van disipando las tinieblas,
cuando se lavan la cara los cerezos y,
recupero las palabras
en el furioso latir
de tu boca sobre el resurgir
de mi cuerpo.
Aturdida por el haz de una estrella,
envía el viento un cálido beso
hacia los labios, que beben su ansia.
La noche cercada y negra se despide,
desdichada y ebria de oscuridad.
El corazón expuesto a su soledad,
huye de la oscuridad,
y arde a orilla de los álamos,
donde los tibios senderos no causan dolor.
Charo, febrero 2024

Magnífico poema. Después de la oscuridad, la luz de la esperanza prevalece. Precioso.
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