Se aleja el aroma de las gardenias,
una nube amenaza con su llanto,
las aves
buscan refugio en las colinas
y los
estridentes valles quedan en silencio.
La piel ya no
habita el cuerpo.
Una
libélula vuela descompuesta
perdida en un campo de rosas negras,
un cuervo
graznando una despedida,
letanía que no me es ajena.
Racimos de
tiempo detrás de mi espalda.
El poder del
viento en las ramas del olmo
susurra
lamentos a ojos sin misterio.
Y en las
madrugadas, ya siempre pardas,
sueños de
azalea amortajan el deseo.
Venas sin
sangre, lágrimas sin agua.
Todo es ceniza
y polvo
en el
decrepito espacio de la memoria,
un gélido y
distante verbo,
sin sol
templado
ni promesa que lo sostenga.
Piedad,
febrero 2024
Foto de Google

Bella descripción en este poema sobre lo que interpreto. Precioso.
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