Sílabas rotas buscan vocablos
en el pulso voraz de un corazón errático
sobre las sienes esculpen cenizas de unos
versos otoñados.
Es un instante que se aleja y,
apenas percibo,
en este fluir constante
del destino y del viento.
Crecí en el hueco que hay
entre la escasez y el frio:
perdida y lívida
obligada a sentir alegría
sobre algo que ni siquiera existió.
Aprendí a soportar el mordisco
de la serpiente del mundo
que arranca el disfraz, hiriendo la piel,
que sangra sobre la tierra,
sórdida bruma que expande el humo hacia el cielo.
Pasa el tiempo, ese huracán
que vacía la casa de lo que fuimos,
y rompe las ventanas que observan
las orillas con ojos de miedo.
Solo nos queda el sueño
de evocación y nostalgia:
¡ese olor a bosque tan intenso del invierno!
El viento sigue barriendo las hojas,
dejando a los hombres despeinados y blancos,
tempestad silente y profunda;
como noche cerrada,
que sumerge el corazón
en una lluvia de surcos
de áspera dentellada.
Charo Fiunte, octubre 2022

Qué bonito poema querida hermana.
ResponderEliminarCuánto nos marca la infancia vivida.
Bella manera de describir un pasado siempre presente, y lleno de metáforas sobre lo que construimos. Muy hermoso.
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