La noche entra por las ventanas abiertas al mar,
la salina de las algas trae un fuerte hedor a putrefacto:
quietud doliente, esfinge que mora en el infierno.
No llega la brisa.
El crujir de la levedad del tiempo varado,
un cielo plomizo a tono con el gris del agua
antecede al canto de la muerte.
Ni un parpadeo.
El hastío deja jirones de un silencio concluyente,
expira el pasar en dulce agonía
alargando el puente entre miradas perdidas.
Nada fluye.
Lirios de fuego esparcen sus secas semillas,
ansiando florecer del cadáver de la evanescencia,
abrazan la muerte derramando cenizas.
Desolado paisaje.
Entre las imperceptibles luces de las espesas sombras,
brama la inmensa soledad en el horizonte apagado
dentro de un cuerpo vacío y descompuesto.
Deseo embalsamado.
Negras aguas marinas inertes y estancadas
ocupan el mísero espacio de la tierra baldía
como aves carroñeras en el fulgor de las ruinas.
Esperando la tragedia.
Piedad, noviembre 2022

Excelente poema sobre la terrible conciencia y certera de la muerte en cada acto.
ResponderEliminarFantástico!!!
Magníficos versos sobre la muerte, siempre presente. Todos vamos hacia ella. Metáforas que en este bello poema descubres que vivir es esperar la tragedia. Triste y conmovedor.
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