A mi madre.
El sol centellea atravesando su cuerpo
tendiendo sobre la sala un manto cálido,
irisado de girasoles:
la mujer de rostro grave
emerge entre las sombras
y teje ensimismada.
El fulgor enciende en su cara
una tímida sonrisa,
sus pálidas mejillas ilumina
la estancia que arrebata su alma
alumbrando toda su silueta,
alegre con su sencilla vida.
Los juegos y cantos de los niños
se filtran por las entornadas ventanas,
en un zaleo que enreda el vacío,
sintonía infantil y bullicio.
Las calles vibran adornadas,
de verdes, blancos y amarillos,
se respira el aroma a jazmín
que calienta fría oscuridad de sus penas.
Ella derrama su amor
por los lindes de su belleza:
y un mundo mágico sale a su encuentro,
exhibiendo un halo de perfección:
¡como un instante eterno!
Charo, diciembre 2020.

Bellísimo!!!
ResponderEliminarSe me han llenado los ojos de lágrimas.
Es bellisimo!!
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