Con las primeras luces, irresistibles,
sueñas con
castillos íntimos,
profundos océanos, y más allá
donde la eternidad arde
donde la brisa
huele a estiércol
y a espigas.
Pero ya no suenan los tambores
frente a la
noche,
solo un
silencio viviente,
y, aunque reverberan
las largas sombras,
un aire
inerte
deja olor a
salitre.
Se incendian los cielos
y se hace
noche repentina,
los altaneros
ojos acogen
la luna en sus
pupilas.
Los espejos
multiplican las horas
retrocediendo
la apariencia de la carne.
Solo el vértigo nos mantiene unidos
frente al
abismo.
Las manos azules,
palpitantes,
acarician la
paredes
testigos del
horizonte vertical
en la lejanía neblinosa.
Piedad,
octubre 2024

Un poema muy bello evocador de un tiempo que ya no viviremos. Sin apenas luz ni tambores ni siquiera espejos que nos devuelvan la juventud perdida, tan sólo seremos recuerdo. Pero aún somos.
ResponderEliminarPreciosas palabras!!