¡Arde el cielo! nubes rojas
en el crepúsculo
bosques de espinos y
enredadera de rosas,
trigos dorados serpentean
en la gruesa tarde.
Siento que la naturaleza
apenas se conmueve,
aprendió a mirar y a respirar como un alma.
Me embriaga el vaivén
danzante de las olas,
el viento voraz que gime
bajo sus mareas;
lamento oxidado de un tenaz
y viejo acorde,
¡mis dedos desean palpar su ignota belleza!
Contemplo dos altos tilos,
casi ni se rozan:
las flores acarician
sus ramas sonrientes
ignorando los otoños,
sus amarillas hojas,
que añoran la frescura
de la verde pradera,
donde resurge el amor y
brotan camelias.
Mientras la flor azul brilla
como una estrella
creyendo que nunca abandonará este mundo;
pero el destino asignó a
cada uno su escena.
Afila el tiempo su puñal
abriendo heridas;
presos estamos del hambre
y su codicia.
Conciencia de saber que desaparece la culpa,
la finitud del dolor y
el acallar de la infamia.
Cae la tarde sobre el mundo y bajo su silueta
¡escucho el silencio de la certeza de un final!
Charo, septiembre 2022

Bello poema lleno de simbolismo. La naturaleza es la mejor metáfora de la vida, engañosa y sufriente, bella y solitaria.
ResponderEliminarMuy bello. Naturaleza y vida. Siendo parte de ella, de su esplendor de su decadencia de su finitud. Precioso.
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