En este momento de quietud en el que la vida pide un respiro, siento que mis
sentimientos, más amargos se agolpan en una esquina maltrecha, en tanto
llaman con una fuerza descomunal a la espera de poder salir al viento para
volver a dispersarse en la tumultuosa riada del mundo. Y mientras intento
ordenar los hechos, me desborda una nostalgia que no me pertenece. Oigo las
voces, veo los rostros, huelo el pesado aire que respiro inquieta, y me lamento.
Descubro en todo lo que me rodea una fría capa de distancia, como si este
aislamiento, lejos de crear afectos, dejara en carne viva la esencia del deseo.
Poco se puede salvar entre tanta desidia, y solo aquello que siempre se mostró
perenne en la adversidad puede quedar ileso.
Me asombra, en el fulgor por la
palabra, encontrar entre tanto desvarío la idiotez ceñida en las voces que antes
no oía, parece que la frivolidad se apodera del espacio y del tiempo, como si
surgiera de las entrañas de tanta compostura un frágil hilo a punto de romperse.
Ahora todo tiene otro plano, otra forma de afectarse, una manera de alojarse en
lo desconocido, pero no por ello extraño, el retorno de lo siniestro. Cada día
es el mismo, cada instante, toda voz, toda mirada. Todo se repite cruelmente
llenando los espacios de la casa, los sonidos más cacofónicos, los colores más
taimados, los olores más putrefactos.
Esta serenidad regalada me lleva a mí
pesar a mirar de reojo lo nuevo, no sé si quiero verlo, pero se asoma de manera
inquietante un paradigma que no afronto. Algo que revolotea en mi mente, como
una imagen díscola que no logro alcanzar.
No solo es el asombro, la perpleja
situación que ahora toca vivir, esa soledad perversa que nos encubre una vez
más, es más bien descubrir en ella lo cercano, lo cotidiano como aquello que nos
enfrenta a nosotros mismos, allí donde se acumula esa realidad siempre impetuosa
que atrapa cada rincón de nuestro ser. El terror de lo familiar, lo que conforma
nuestro síntoma, y que ahora veo con cierta clarividencia como un maldito mantra
que se empeña en devolverme al pasado.
Como si las consecuencias de este extraño
momento hubiesen llegado para despertar mis sentidos, ya sin estupor, me doy
cuenta que verifico sospechas que siempre he albergado en mi interior, y que no
pocas veces surgían ebrias en forma de martirio, sobre personas que forman parte
de mi vida. Y así, mirando al pasado, veo con pena y dolor cumplir siniestramente aquello que de forma intuitiva sospechaba, que todos los afectos,
los malos y los buenos, se anexan en nuestro entorno familiar. Descubro inquieta
que no hay escapatoria sin dolor. No sé si puedo nominar lo que siento, lo que
duele, pero creo que puedo agarrarme a ello para llegar a darle un sentido.
Así,
puedo comprobar que las relaciones que siempre fueron distantes nunca se
acercarán y que las que se vivieron próximas nunca se alejarán del todo, y
observo que cada relación mantiene de nosotros una debilidad o una
fortaleza y que ambas cosas nos pertenecen. Y esta devastación, conocida pero no
aprendida, asoma ahora de manera estrepitosa por cada poro de mi piel.
Cada día es el mismo, se repite una y otra vez, y esta cadencia que este encierro manifiesta, ha dejado al descubierto una cara amarga de la
realidad que ahora es imposible denegar. Es el vínculo más conocido, el inicio
de todo, quien nos somete. Y si ya no queda casi nada de mí, la aflicción se
convierte en vida, que es la mía, pero también es la de los otros.
Y así,
excluidos en la inclusión, disfrutando del dolce far niente, nos colocamos en la
añoranza para sentirnos cómodos e intentar no volver a nuestro mundo, a nuestras
rutinas, porque para muchos, quizá para mí también, esto supone encerrarse en
una celda y haber tirado la llave, para poder usarlo como tapadera y buscar la
huida de aquellos tiempos revueltos en los que se había instalado la serenidad
del odio, del daño mutuo, no de la duda, no de la vida.
Piedad Fiunte Mayo 2020

Estupendo relato de los pensamientos sentidos en el confinamiento. Completamente de acuerdo. El miedo es siempre a lo conocido, es lo siniestro por ser familiar y sólo tuyo.
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