Cuando susurran los olmos
azota la tormenta
cruzando la tierra
tronchando las ramas secas.
El viento, en su alarido,
envía titánicas lagrimas
hacia sus punzantes tinieblas,
mi piel conoce sus lenguas.
Pozo anegado que no fluye,
muerde la garganta,
abatidos caen los párpados
quebrando las miradas.
Miro la luz del deshielo,
escarcha de mis pérdidas,
un pálido sol arracima
nidos de alondra sobre mi
pecho.
Un cuerpo desnudo, lacerado,
sin horizonte
derrama erráticos versos,
una voz gutural, salvaje,
sin aliento
presagia otra despedida,
sin regreso.
En este tiempo incierto, vencido
de rostros abandonados,
mis latidos resbalan
a raudales en el fluir del río.
Charo, marzo de 2025

Qué bellos versos que describen las heridas del cuerpo. Un poema lleno de significado. La vida en estado puro.
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