Siento un ave negra que pelea feroz
entre mis brazos,
pellizcos agónicos van royendo mis
manos umbrías.
Fragmentos de amanecer, de álamos
ardiendo, rompen las heridas.
Después de tan largo tiempo, se
despedaza la memoria,
las palabras guardaan anhelos
de sollozos y desesperanza,
del pespunte de la boca exhala la
melancolía:
¡duele sin asombro!
Hebras grises, de la vencida
batalla caen de mi cabello.
Se oyen tañer las campanas
sin comienzo ni final,
no soy más que yo, no queda nada de aquel deseo.
El pasado naufraga, y abandona la
existencia el universo,
gigantes lágrimas suspendidas y
temblorosas,
se escapan y no regresan.
El corazón encerró el tesoro de
la
misericordia y la belleza.
La casa, nuestra vieja casa,
no abriga hoy nuestros cuerpos.
Nunca serás más tú, y nunca sabrás
quién fui yo.
Nadie nos protegerá del frio,
como en aquellas noches.
Charo, octubre 2023

Muy bonito y significativo. Bellas palabras.
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