Hay que abandonar esta casa y su
alborada.
Olvidar las hojas que el aire mecía
en medio del lodo,
y las gotas de lluvia que bebía
el parvo y reseco arroyo.
Nuevas frondas invaden hoy
de extrañeza lo que amé,
se adueñan de mí, anegando
el cuerpo de nostalgia,
de esas manos que envejecían acariciando
el rostro.
La inocencia imanta: partir,
exiliarme de lo que fui,
ser el pájaro solitario atraído por
otras huellas,
huyendo de ese huracán de ceremonias
inútiles.
Despierta ante la pérdida, apoyo la
frente febril
sobre los cristales fríos,
mientras cae la nieve abrasando
los ojos de la miseria
poblados por la desesperanza.
Vivir el extravío de otra
creencia de verdades,
que quizá ni existan,
en el confín de otros territorios
y laberintos de rebeldía,
donde poder limpiar la herrumbre de
los párpados
y, derribar los cimientos
de aquella humilde casa y su
insaciable melodía
entre el corazón y sus tormentas.
Porque paso a paso,
vamos haciendo pie y acabamos
expulsados hacia fuera.
Aunque el tiempo, ese acosador que
amortaja las tumbas,
nos detenga acechante,
aún persiste imbatible,
esa ira fluyendo por las arterias.
Charo, septiembre 2023

Que hermoso poema y que difícil es sacudirse el pasado. Somos pasado y presente. Unos bellos versos.
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