Por el ventanal asoman los cautos arbustos,
sus manos firmes acarician mi pelo.
Calle abajo, corren las guirnaldas de
la noche;
estremece la felicidad impostada.
Un repliegue de músicos tuneros se
llevan,
en sus instrumentos, la luna sonrojada.
Miro la triste despedida con la máscara
de lata:
hay un ser de cristal entre las sombras
que mira de soslayo los sueños en el
viento.
Parece que un barco está zarpando de
algún puerto
y siento una amorosa extrañeza
como si partiese una parte de mí podredumbre,
pero la tierra sigue pegada a los
huesos.
Un triste gato pasea por las calles solitarias,
juega con su sombra encorsetada en la
pared;
se diluye con el paso de las luces
azules
embelleciendo la geometría de las
baldosas.
Cerca o quizá lejos, las nubes se
separan del cielo
tiritando de frío hacia el tímido amanecer.
En los ojos vidriosos de tanto querer
ver
hay una lluvia fina que cubre, como
niebla espesa,
las pérgolas de todos los jardines.
Una bella canción sale de un tejado
rosado,
sube como los estorninos hacia el sol
naciente.
Un pájaro negro se queda por la
arboleda, canta
un llanto, una pena inmensa con olor a
grieta.
Piedad, septiembre 2023

Cuanta belleza recogen tus palabras. Un poema precioso.
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