Veo flores lavando las hojas
en lo alto del yermo álamo
-verde limón y verde agua-
quebrando sus estiradas sombras,
que ayer fueron enjambres de espino:
clueco y pobre, roto y reseco.
Las alondras retornan de su quietud, y
tiemblan a merced del viento,
rompen los frutos que sacian
el hambre de olvido, tras el invierno.
El resplandor centellea en sus torsos
con un escalofrío perpetuo.
Astuta y voluptuosa la nube,
eclipsa a un sol trémulo,
que se desvanece en el hueco exiguo
de sus escuálidos cuerpos.
Cae la noche, tiñendo de rojo
el borde falaz del horizonte negro.
Lucidez huidiza, lejana y fría,
la luna no muestra la cara en su falaz espejo,
en esa hora incierta en que todo parpadea
cuan quimera del sueño.
Los álamos abren y cierran sus manos
sólo al abrigo del tiempo.
Hechizada al borde del abismo y,
enredada dentro de su soledad,
las palabras van nombrando
las heridas de mi cuerpo.
Charo, agosto 2023

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