Una neblina desciende acompasada
de guitarras y violines,
volando con el canto de las aves:
un sonido que calma la derrota.
Es la quiebra anhelada del reloj,
el cuerpo abandonado en la explanada
exponiendo las heridas olvidadas
a los cuervos que surcan el sendero.
Una hondura estremece el ánimo
¡tanto espacio en el tiempo!
Afloran destellos de azufre y fuego
iluminando la noche negra.
El bosque se clava en el corazón,
la tierra roza las yemas de los dedos,
eres tallo de rosal y madreselva:
hondos latidos estivales te atraviesan.
Se cierra el horizonte apretando la
cintura,
no hay nada por encima de la hierba.
Abres la ventana y se escapa el valle
con paso angosto fluyendo hacia la mar.

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