Solo hay tumbas en los labios yertos,
furtivo refugio de los versos que palpitan
en mis sienes.
Hay un puñal clavado entre los tibios vientres,
rompiendo las rosas, mientras los pétalos
caen devorados por el viento.
En las lindes del miedo, crecen amapolas negras
atravesadas por arados de sangre y angustia,
dobladas por la fatiga y la niebla.
Manos y pechos vacíos, cuerpos avergonzados,
fundidos en el hastío del dolor.
Un naufragio indolente, habita la noche y el día,
olas que cortan como dagas,
en un mar que grita.
La tierra herida llora en los latidos de mis ojos,
que contemplan un crepúsculo que agoniza,
ante un eclipsado horizonte devastado.
Seres, como estrellas perdidas, deambulan
sin descanso como frías burbujas huecas.
Todo es batalla,
delirante cortejo que golpea,
una matanza de conceptos sin esperanza.
La memoria sumergida
en su propio duelo,
ansía una palabra sin vértigo,
una palabra,
que nos pueda redimir de tanto infierno.
Charo, septiembre 2024

