Un humo ceniciento opaca la luz,
residuos
perfilan formas sinuosas;
parece una
mujer con su bata de tergal,
la mirada
perdida y los brazos extendidos.
Sacudo el
aire ahuyentando las sombras;
se abren
parsimoniosas en diminutos cúmulos.
Un anciano se
despide con gesto vencido,
agotados los
brazos del corazón.
Rostros
asimétricos en enjambre
aparecen en
los claroscuros:
Bocas de
hambre, niños de arena
se extinguen
en el suelo húmedo,
resbalan de
mis manos inhóspitas.
Duele el
frío.
Un rayo de
luz despeja la bruma,
azarosa
dibuja un puzle imposible;
flores y
sangre,
risas y
llantos.
Me deslizo al
lugar de las máscaras
otra vez,
alojada en
sus dominios,
en un morir
constante
con esa
niebla oscura
que me sigue
a todas partes.
Piedad, enero 2024
Foto de Google

Indescriptible belleza entre las palabras de este poema. Magnífico.
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