viernes 24 2020

¿Que tememos?

NADA QUE TEMER

 

24 de marzo de 2020.  

La primera que vez que entró supo que no lo olvidaría jamás. Ese dolor que abrasaba el pecho y nublaba la mente, la oscuridad y el desaliento que se apoderó de ella. Ese estado mental no parecía de este mundo conocido, de su significante.  Era un mal sueño carente de realidad, o procedía de una realidad paralela. El mundo durante todo este proceso vivido también se rindió. Todo había quedado en suspenso, flotaba en el aire un virus letal que paralizó la vida, desde las empresas, la industria, la educación y la cultura. Todo se puso del revés, ya que la plaga se contagiaba a un ritmo desenfrenado. Vivimos como protagonistas de una película de ficción aterradora y dramática. Aquello no era real y como tal irrealidad hacía simbiosis con su estado mental y físico derrotado esos días. 

Ese silencio tenso le hacía escuchar sólo sus propios pensamientos, todo sucedió por casualidad, como suele ocurrir en el devenir de cada sujeto. Llevaba tiempo a la deriva, en un deambular sin sentido día a día. No había significado para tanta zozobra e inquietud, buscó ayuda en muchos profesionales de la psique, y también del cuerpo, pero nada le servía para aliviar su angustia. Siempre en ese límite entre la vida y la muerte, sólo una pequeña, conexión igual que un fino hilo de seda protegía su vida.  Pasaron muchos meses, incluso más de un año y la vida proseguía sin descanso, y con su devenir incierto, con sus frustraciones y decepciones, con la amenaza y el castigo del destino. 

¿Qué síntomas tan terribles han de pagar ciertas personas, que culpas acarrean? ¿Qué cargas psicosomáticas familiares o sociales?  Cuando era una niña, ella sentía al igual que todos los niños, el gozo de estar ahí, de tener todo a su alcance sin esfuerzo alguno. Desde el olor de las flores que crecían salvajes en primavera, hasta ese tranquilizador sonido de la lluvia al caer. Su existencia fue una vivencia sencilla dentro de su dulce inocencia y permanente inquietud. Tenía recuerdos de una gran luz que se escondían en su trastocada memoria.

Pero pasaron los años y nada era lo esperado, y el transcurrir de la vida comenzó a dar señales intensas de un sufrimiento exacerbado. Comenzó la incomprensión de lo que iba ocurriendo a su alrededor. El mundo laboral era intransigente y severo, como experimentó mientras finalizaba sus estudios, nada le fue fácil. Los trabajos le permitieron seguir pagando las matrículas, pero aquello fue la antesala de un destino de consecuencias nefastas. Sabía que muchas personas tienen esas mismas vivencias, e incluso más duras e infernales, pero ese sendero marcó su realidad.  La vida transcurría y fueron pasando los años tan anodinos como inertes. Alrededor de los veinte años y después de varias experiencias amorosas excesivamente intensas, surgió con la luz de la mañana, la persona que su corazón eligió casi al instante, como amigo y amante para compartir una vida. No fue una relación fácil en muchas ocasiones, pero la generosidad de él y la buena complicidad entre ellos los mantuvo a salvo. 

Un verano caluroso y seco apareció el gran dolor de su vida psíquica y física con sólo treinta años. El azar le tenia preparado su primer golpe. Tuvo que someterse a una operación, porque una parte de sus órganos no funcionaba bien, y ese terrible mal podría extenderse a otras partes del cuerpo.  Fue la primera fractura emocional en su interior . Asociaba este hecho como algo contingente, pero temía haber sido elegida para vivir al borde de un acantilado escarpado, y por ello experimentaba ese vértigo constante en su vida. Con esa pulsión por vivir que nos empuja frenéticamente hacia adelante, se recuperó en lo físico, con la fuerza de la juventud. Sin embargo, su mente y su deseo vital estaban malheridos, su vida se balanceaba entre la zozobra y la soledad al tener dañado el equilibrio emocional.  

Los años corrieron como el fluir de un río que pasa por el mismo lugar sin conciencia de ello.  Se acercaba a la madurez, y su matrimonio se iba haciendo cada vez más nebuloso y su desamparo más evidente. Todo era atribuido a algo que estaba fuera, pero no dejaba de pensar, que algo interno no iba bien.  Su trabajo le resultaba cada día más tedioso, más exigente y agotador. Habían pasado otros treinta años, y tras varios años de buenas y a veces no tan buenas experiencias, en el constante devenir de una vida repleta de alegrías y tristezas.

Un día acudió a una revisión cardiaca, y de nuevo su vida se desmoronó, otra nueva división se proyectaba como doliente y brumosa certeza. Esa máscara que aún le protegía, temblaba en ese instante como una leve hoja que se rompía a cada instante de su fatal caída. Llegaba de nuevo la penumbra y una inmensa tristeza le atravesaba. En el inicio del invierno de su vida, vuelve el naufragio, el ahogo y las noches oscuras, donde los fantasmas arañan puertas y ventanas en la oscuridad. Pasar de nuevo por el túnel estrecho y fangoso entre la vida y la muerte. 

 Aquel año fatídico, un virus letal se apoderó de la tierra obligando al mundo a un estado de reclusión, casi de guerra, haciendo un vínculo con su propio estado interno de alarma y aislamiento. Nada había que pudiera distraerle de aquella sombra que se proyectaba sobre su persona. Era la más cristalina visión que tuvo nunca de su ser. Esos pasos que llegan en la negrura de la noche y no se van, se esconden en los pliegues de los pensamientos. Y llegó el día del ingreso para la operación, sólo deseaba estar inconsciente, o despertar de un mal sueño, de una horrible pesadilla. Después de sopesarlo mucho dejó firmada su voluntad de no continuar con vida si hubiera alguna duda entre la vida y la muerte.

Su compañero y hermana, a los que tanto amaba, fueron testigos de esa decisión. Todo aquello ocurría en ese momento de alarma social, y por tanto de calma en el mundo, esa calma tensa. La naturaleza se vengaba de tanto daño generado por la brutalidad del hombre, nos retornaba la destrucción causada. El ser humano no queriendo ser consciente de la barbarie, seguía engullendo todo aquello que le había creado. Ahora seríamos más conocedores del daño provocado por la ambición de los mercados, la globalización y el ansia de poder del hombre. Aquella pandemia en el mundo llegaba como límite a la devastación natural impuesta por la naturaleza. Hacía muchos años que la tierra lanzaba advertencias, la última hacía casi cien años, pero infinitas señales eran noticia cada día de ese peligro latente.  Y llegó el ente transformado en el aire y se fue colando en cada casa, en cada vida, y en cada historia hasta paralizarla. 

Ella se conectaba de esta forma con la tierra haciendo consciente esa simbiosis que le anclaba al cosmos, al mismo lugar del que procedía, la confabulación que existía entre ambas, el vínculo que las unía era una sola conciencia, un único corazón ahora maltrecho. En esos momentos en los que no había acogimiento de familia ni amigos, todos estaban como encarcelados y centrados en su propio miedo y ansiedad por el estado de aislamiento; se perdió la empatía, cada uno vivía en su propia isla y bloqueando el afecto por miedo. Sin esperar nada, tuvo el conocimiento, ese saber, de la inmensa melancolía del hombre. Regresaban de nuevo los recuerdos, la regresión, al pensar y reflexionar sobre lo que hacíamos en este mundo al que habíamos devorado, de la misma manera que nos habíamos maltratado entre nosotros mismos. Ahora una especie de sunami de la naturaleza nos pretendía autodestruir.

¿Por qué habíamos producido ese dolor y esa crueldad a nuestros semejantes y a nuestro entorno? ¿Quién, o quienes nos otorgaron ese poder sobre el resto de nuestros semejantes aquí y fuera de nuestras fronteras? Ahora que el mundo también quedaba suspendido, al igual que ella, empezaba a comprender el sentido de esas fracturas internas y externas. Tendría que recomponer esos miles de pedacitos de aquel cuerpo quebrado, de la misma manera que tendríamos que recomponer el planeta con la seguridad de haberlo maltratado y destruido.  

Tuvo que aprender que el cuerpo del hombre no tiene referentes ni esperanzas, que estamos solos y expuestos, siempre a la intemperie, viviendo en el desamparo. No somos naturaleza inconsciente e instintiva, la conciencia y el lenguaje nos diferencian, y a la vez nos expulsan de ella. Siendo iguales, somos sus extraños. La división se había producido también en su cuerpo: corazón y naturaleza, y razón y lenguaje.

¿Muy pronto llegaría el fin de todo aquel aislamiento, pero habíamos entendido las señales? Recordaría ella también, que el hombre ha destrozado por ambición de poder, el hábitat en el que cual habita y la razón de su existencia.

Pero si aprendió que desde que entró en aquel lugar, no sería posible librarse nunca de su recuerdo.

 

23 de abril de 2020

Charo






El silencio


El Silencio



Si te detienes y escuchas, aún se puede oír el eco que dejó en el aire un canto adolescente, con sus deseos y frustraciones.  Ahora es un desconsuelo ver como el miedo ha detenido, durante tres largos meses nuestras sonoras vidas. El virus que nos invade es letal y ha transformado la primavera que comienza  en un incómodo silencio y una impostada calma.


Comienza un estado de aislamiento que obliga a no salir a las tan solitarias calles. La vida sigue su curso pero no podemos estar ella, la contemplamos a través de los balcones y ventanas del mundo, sin posibilidad de interaccionar, impasibles y solos. Esta primavera gris y lluviosa nos obliga a observar a  través de la ventana el pasar de los días, tan iguales uno de otro, con sus amaneceres y anocheceres sintiendo como la naturaleza adquiere su estado más salvaje, y también por fin su armonía.  Los arbustos con los capullos en flor, o el alocado viento: ese cielo de los despertares limpios casi cristalinos, teñidos de azul añil. 


Llegan los olores del vendaval de la tormenta que amenaza con toda su furia a la tranquila ciudad, pintada en los pequeños fragmentos visibles desde los cristales gastados del ventanal, con su sentir sordo de tristeza y encarcelamiento. 


En estos momentos de soledad no buscada, seguimos una comunicación no verbal. Pero al ser el lenguaje quien nos conecta con el otro: que es lo que somos, no podemos transmitir nuestro aislamiento, que ahora nos determina. Nada nos libra de este abismo de melancolía.


En éste  momento único y  mágico sólo importa lo que percibimos, ni lo conocido ni lo aprendido. Ahora la naturaleza se impone al hombre y nos recuerda su presencia,  nos cubre con su manto perfumado y verdoso enviando su pureza y su viveza. Nos coloca de frente, a mirar la zarandeada vida que vivimos. Observamos con dolor y sufrimiento lo que nos rodea porque percibimos la fragilidad de nuestra existencia . Esa dureza del hombre impostada y aprendida para sobrevivir, hoy nos muestra lo poco que en realidad tenemos y lo lejos que estamos de nuestra esencia.



Charo Fiunte 15 de mayo de 2020