Nada puede sofocar el fuego de entonces,
conocí el amor del instante infinito,
primitivo, venido de otro mundo secreto.
Atávicas carencias arrojaron
la lluvia de perseidas
contra ese muro de inquietud y abismo,
la más fría de las cosas conocidas.
Aunque tu sombra me abandonó
un ingrávido y umbroso atardecer,
no borró la epopeya nostálgica
de ser barro entre tus labios
y alas para la luz de tu mirada.
Ya no hay rosas que se marchiten,
ni agua, ni ninfa que abrace.
El pulso del tiempo parpadea,
su temblor evaporó tu nombre.
Charo, agosto 2025

