Fuimos pájaros huyendo
de un descampado ardiendo,
agitados por el frio soplo del viento.
No teníamos nada en que creer,
las manos quedaron deshechas
de construir inútiles cimientos.
Profundas cicatrices quedaron
marcadas de la tristeza de la infancia.
Nada pudo amansar la furia
que resbala en la perezosa memoria,
vagando en el vacío.
Ante mis descreídos ojos,
un parvo riachuelo salpica
luz a imperfectas amapolas,
a ras de tierra,
exuberantes de incertidumbre.
Mi corazón se va posando
en un valle silencioso cercano
a mis raíces.
Charo, junio 2025

