Cayendo de sombra en sombra,
azotada por el destino, mientras se inicia
el ocaso en la arboleda de la memoria.
Cuelga sobre un pétalo una sílaba esquiva,
que las aves prendieron al albur de una caricia.
Unos temblorosos pasos liberan los grilletes:
llagas que perturban la memoria de los huesos.
Embruja el horizonte con su lúdico lamento,
huella que anidó en las raíces secas de mi pecho
(llanuras de escasez e invierno).
Las pérdidas desgarran las desiertas cicatrices,
hiedra que nombra el daño con pulsos febriles.
Me alientan esas manos que amasan el trigo,
tenaces frente al viento, y las oscuras sombras,
ese saber, del principio y del fin de los tiempos.
Esos brazos que encienden un sol en la noche,
que iluminan con sus llamas la puerta de salida,
a una crisálida en las lindes
de la melancolía.
En ese instante de luz, va cambiando la herida
desatando el nudo eterno, entre el dolor y la
vida.
Cayendo de sombra en sombra,
se desenreda la lluvia
que humedeció mis labios
en las primaveras de la infancia.
Charo, mayo 2024

