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A mi madre
Pétalos negros emanaban de mi boca
glaciales y ásperos
(desde los rincones de la infancia)
como ese viento que aullaba
a través del balcón
cortando el frio por sus viejos surcos,
como una daga
quebrando mis huesos de cristal,
que temblaban
al compás del tintineo de una lámpara amarillenta.
Aletargada, sin respirar,
lacerada por la quietud doliente y febril,
me sostenía el aire etéreo, apático y húmedo,
del cuarto.
Mi latente herida enmudeció de sentido
frente al vértigo resignado de la muerte.
Pero tus manos tibias y grandiosas,
y tu infinito aliento
ante mi rostro, resucitaron el cuerpo
que transitaba en las tinieblas,
abatido por un abismo de dolor.
Esa tímida caricia alzaba
mis párpados hacia la esperanza,
y el miedo, esa larga sombra,
se desvanecía despacio,
y con sus alas de espuma atravesaba la ventana.
Inerme ante la batalla,
mi voz quedó muda, sin vocablos
-abrasados en el fuego roto de mi garganta-
Mi fragilidad era más grande
que el horizonte blanco de la nieve,
que ilumina el espectro de la nada.
Entre tu honda mirada y mi eterno anhelo,
se prendió el alba
y se ovillaron para siempre,
los hilos de seda que enhebran
los silencios que encubren las palabras.
Charo, enero 2024

