Imanta esa luz, que mece el aire
en el fluir del río,
que trae un aroma a gotas de lluvia y,
a piedras viejas;
manantiales de suaves cauces
que humedecían los labios,
en los que florecían,
del albor al oeste, las esperanzas.
Fugaces instantes que devuelve la tierra,
desde su raíz, blancas esencias
de profundidades cálidas y perfumadas,
exhumadas del secreto silente
de su enigmática hendidura.
Oigo el llanto de golondrinas en el ocaso que,
con premura, se ausentan,
azotando el cielo con sus largas siluetas,
hacia lo más alto,
entre las diminutas estrellas.
Me turban inesperados y feroces latidos,
como ritmos discordantes,
que se alborotan rebeldes y embravecidos,
agitando esas adormecidas melodías
apresadas dentro,
en la quietud descorazonada
de la gruta del mi pecho.
Pero, por un breve instante, el viento emana ese
olor,
y todo lo deja en paz,
sin conflicto.
Como si el tiempo del dolor hubiera
llegado a su destino.
Charo, noviembre 2023

