Me embriaga un silencio pesado, oscuro,
que emerge absurdo como vibrante sonido.
En las largas noches, monstruos furtivos
gritan desde las grietas de la piel,
golpeando este torpe cuerpo herido.
Escondidos en los pliegues de las mantas,
aúllan sin ojos, los duendes de la noche,
convirtiendo los latidos en salvajes ladridos:
como fieras solitarias en el infierno.
Ahora nadie me salva de este perverso vacío,
se fueron las palabras y quedaron sus sombras,
los labios que fueron suave brisa en la mañana
sus rostros huyeron alejando la luz del alba.
Cuesta doblegar cada hora, y su espesura,
como crisálida apresada en su tumba,
aullando sus entrañas en un constante bramido.
Cayendo en la quietud de la melancolía,
voy sujetando la tenaz atracción del cuerpo
a este incesante fluir del río,
las noches discurren
con el miedo como último aliento.
Charo, marzo 2021



